Te han dicho que hay un capítulo de la Biblia que los judíos esconden. Que en la sinagoga se lo saltan. Que es la prueba más clara de que Jesús es el Mesías. Y es verdad que en la lectura de los profetas, la haftará, se lee Isaías hasta el capítulo 52, versículo doce… y se retoma en el 54. ¿Por qué? Lo vamos a ver con calma, y con las fuentes, en esta serie. Pero antes de discutir una sola palabra, quiero mostrarte algo más extraño. Casi nadie lee Isaías 53 desde donde empieza. Porque Isaías 53… no empieza en el capítulo 53. Hoy vamos a leerlo como lo escribió el profeta. Desde el principio. Con el hebreo en pantalla. Y vamos a hacer la pregunta que lo decide todo: ¿quién está hablando? Si eres cristiano: gracias por estar aquí. Isaías 53 es, para muchos, el texto más querido del Antiguo Testamento. Lo vamos a tratar con el respeto que merece. Y te prometo algo: cuando un argumento cristiano sea fuerte, te lo voy a decir. Este es un tema grande, así que lo dividimos en cinco videos. Hoy: el contexto y quién habla. Después: el hebreo, palabra por palabra. Luego, las tres mejores preguntas cristianas. Después, qué dijeron de verdad los rabinos. Y al final: ¿encaja Jesús, detalle por detalle? Capítulo uno. El corte equivocado. Empecemos por algo que pocos saben. Los capítulos de la Biblia no los escribieron los profetas. La división en capítulos la introdujo en el siglo XIII Esteban Langton, un arzobispo cristiano, en la Biblia latina. Las Biblias hebreas la adoptaron siglos después. Los capítulos son útiles para encontrar un versículo. Pero a veces cortan un texto por la mitad. Y este es uno de esos casos. El poema empieza tres versículos antes, en el capítulo 52, versículo 13: He aquí que mi siervo prosperará; será exaltado, enaltecido y muy elevado. Y fíjate en lo que dice el versículo justo antes, el doce: El Eterno irá delante de vosotros, y os recogerá el Dios de Israel. Es el regreso de Israel del exilio. Ahora vamos al final del poema, y leamos lo que sigue sin el corte de capítulo: Canta, oh estéril, la que no dio a luz… porque más son los hijos de la desolada que los de la casada. ¿A quién le habla? A Sion. A Jerusalén. A Israel. Antes del poema: Israel. Después del poema: Israel. El comentarista Abraham ibn Ezra, en el siglo doce, lo llamaba la prueba concluyente. Un cristiano podría responder: Que el contexto hable de Israel no significa que el siervo sea Israel; puede ser alguien que viene a salvarlo. Es una pregunta justa. Por eso no nos vamos a quedar en el contexto. Vamos a ver cómo llama Isaías a su siervo. Capítulo dos. ¿Quién es "mi siervo"? Desde el capítulo cuarenta hasta el cincuenta y cinco, Isaías le habla a un pueblo en el exilio. Y en esos capítulos aparece una y otra vez una figura: mi siervo. No tenemos que adivinar quién es. Isaías lo dice. Capítulo 41: Pero tú, Israel, siervo mío, Jacob, a quien escogí. Y luego: Mi siervo eres tú; te escogí y no te deseché. Capítulo 44: Escucha, Jacob, siervo mío. No temas, siervo mío Jacob. Mi siervo eres tú, Israel. Capítulo 45: Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido. Capítulo 48: Salid de Babilonia… decid: el Eterno redimió a su siervo Jacob. Y ahora, la más importante. Esta no está fuera de los cantos del siervo. Está dentro de uno de ellos. Capítulo 49: Mi siervo eres tú, Israel, en quien me glorificaré. Pero el siervo de Isaías 53 es un solo hombre: él, su, lo. Mira cómo habla Isaías del pueblo. Capítulo 43: Vosotros sois mis testigos, y mi siervo a quien escogí. Vosotros, en plural… mi siervo, en singular. En la misma frase. Y justo después del poema, el siervo se convierte en plural: Esta es la herencia de los siervos del Eterno. El gran comentarista Rashi lo explicaba así: es costumbre de este profeta hablar de todo Israel como de un solo hombre. Un cristiano podría responder: Pero en el capítulo 49, versículo cinco, el siervo trae de vuelta a Israel. Entonces no puede ser Israel. Esa es una de las preguntas más serias de todo el tema. Y no la vamos a despachar en treinta segundos: le dedicamos el tercer video completo. Por ahora quédate con esto: el único nombre propio que Isaías le da a su siervo… es Israel. Capítulo tres. ¿Quién está hablando? Ahora sí, el poema. Isaías 53 es como una obra de teatro con varias voces. Y si te equivocas de quién habla, te equivocas de todo. Primera voz: Dios. He aquí que mi siervo prosperará. Dios presenta a su siervo. Y dice que muchos se asombraron al verlo, de tan desfigurado que estaba. Y entonces viene la clave: Asombrará a muchas naciones; ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado, y entenderán lo que nunca habían oído. Los reyes de las naciones se quedan sin palabras. ¿Y qué es lo siguiente que dice el texto? El versículo uno del capítulo cincuenta y tres: ¿Quién creyó lo que hemos oído? Lo que nunca habían oído… lo que hemos oído. Es la misma palabra. Los que hablan en el capítulo 53 son los que acaban de quedar asombrados en el 52: los reyes, las naciones. Así lo leen los tres grandes comentaristas judíos de la Edad Media: Rashi, Ibn Ezra y Radak. Y lo que dicen es una confesión. Lo despreciamos. No lo estimamos. Pensamos que Dios lo estaba castigando. Y de pronto, en el versículo cuatro, la palabra que lo cambia todo: ajén. Pero en verdad… pero ahora vemos. Nuestras enfermedades él llevó. Es la voz de alguien que se equivocó durante mucho tiempo… y que por fin entiende. Por eso la confesión está en pasado: miran hacia atrás. Y al final, vuelve a hablar Dios: mi siervo justo, le daré parte con los grandes. Dios presenta. Las naciones confiesan. Dios concluye. Esa es la estructura del poema. Un cristiano podría responder: Si los reyes cerraron la boca, no pueden ser ellos los que hablan. Pero cerrar la boca, en hebreo y en español, es un gesto de asombro, no un voto de silencio. Se quedan sin palabras ante algo que no esperaban… y luego confiesan lo que vieron. Capítulo cuatro. El brazo del Eterno. ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Eterno?. Muchos leen aquí al Mesías: el brazo de Dios hecho hombre. Pero el brazo ya apareció, tres versículos antes. Capítulo 52, versículo diez: El Eterno desnudó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios. En la Torá, el brazo del Eterno es su poder para rescatar a Israel delante de las naciones: con mano fuerte y brazo extendido, como cuando lo sacó de Egipto. Las naciones ven el brazo de Dios… y se preguntan: ¿quién lo hubiera creído? Que ese pueblo despreciado era al que Dios iba a rescatar. Capítulo cinco. Dos palabras que suenan divinas. Hay dos palabras del principio del poema que se usan para decir que el siervo es divino. La primera: será exaltado y enaltecido. En hebreo, yarum venissá. Y es verdad: suena a Isaías 6, cuando el profeta ve al Señor sobre un trono alto y sublime, ram venissá. Te lo concedo: el eco existe. Pero mira dónde más usa Isaías esas mismas palabras. En el capítulo dos, para los soberbios que Dios va a humillar. Y en la Torá, en Números 24, para el reino de Israel: su reino será enaltecido. Son palabras de altura, no palabras exclusivas de Dios. Y en el poema describen a alguien que primero fue humillado… y después es levantado. Eso no le pasa a Dios. Le pasa a un pueblo. La segunda palabra está en el versículo quince. En inglés, la King James dice: rociará a muchas naciones, como un sacerdote. Curiosamente, aquí la Reina-Valera 1960 traduce asombrará. Y en esto tiene razón. Pero cuando la Torá usa ese verbo, lo que se rocía es la sangre o el agua; las personas o los objetos van con otra preposición. Aquí el objeto son muchas naciones. Y el versículo forma un paralelo: así como muchos se asombraron de él… así asombrará a muchas naciones. La antigua traducción griega, la Septuaginta, lo entendió igual: así se maravillarán muchas naciones. Seamos honestos: el sentido exacto de esa palabra es difícil, y los expertos no están de acuerdo. Pero la gramática y el contexto apuntan a asombro. No a un sacerdote rociando a las naciones. Entonces, ¿de qué habla Isaías cincuenta y tres cuando lo leemos desde donde empieza? De una escena. Israel, el siervo de Dios, despreciado y golpeado en el exilio. Las naciones lo miraban y pensaban: Dios lo castigó. Y el día en que Dios lo levanta, los reyes se quedan sin palabras… y confiesan: nos equivocamos. No te voy a decir que con esto se acabó la discusión. Hay tres preguntas cristianas serias: Isaías 49, cinco; mi pueblo, en el 53, ocho; y la inocencia del siervo. Les dedicamos un video entero. Pero sí te pido una cosa. No me creas a mí. Lee Isaías 52, 53 y 54 de corrido, sin hacer caso al número del capítulo. Y pregúntate: ¿quién está hablando? Y un consejo importante: compáralo con el hebreo, no solo con tu traducción. En Isaías 53, Biblias muy queridas, como la Reina-Valera 1960 y la King James, no dicen lo mismo que el hebreo en varias palabras clave. En el próximo video te las muestro, una por una: lo que dice tu Biblia… y lo que dice el hebreo.